Salvador Elizondo, la historia de pasado mañana

por Miguel Ángel Quemain

Salvador Elizondo (México, D.F., 1932) le jugó al tiempo una apuesta que ganó. Ese primer triunfo se llama Farabeuf. Una de las novelas más complejas y transparentes de la segunda mitad del siglo XX mexicano. Justa heredera de los riesgos formales que legó Pedro Páramo, instalada en un horizonte intelectual que recupera y rebasa algunas de las apuestas de la nueva novela francesa de mayor influencia en los años sesenta y que continúa de modo apasionado la añeja preceptiva, siempre nueva, de Góngora y Quevedo, de Joyce y de Poe. No hablo aquí de semejanzas sino del diálogo universal y modesto, que Elizondo ha tomado como punto de arranque de una obra singular e irrepetible.

La red de influencias a que convocan nombres tan grandes y potentes como Góngora, Quevedo, Joyce y Poe no son aquellas que se orientan devotamente en busca de un mimetismo, que siempre se quiere parecer al imposible de Pierre Menard sino a aquel capaz de descubrir en sus grandes maestros ese cómo que hizo posible su trabajo. No se trata tampoco de la angustia que procede de la influencia vertical con que a veces la tradición aplasta a sus seguidores, sino del "humilde" camino que se emprende desde un ranchote como el nuestro, donde el tránsito a través de otras lenguas y tradiciones literarias no sólo es inusual sino insólito.

No quiero hablar aquí de una generación sino de un conjunto de coincidencias felices de las que Salvador Elizondo forma parte. Esas coincidencias quisieron abrazarse a otras lenguas y tradiciones diversas: ahí está la lección de Sergio Pitol, nuestro gran escritor italiano y centro europeo, Juan García Ponce, nuestro gran ensayista y narrador alemán, Monsiváis y Pacheco, profundos conocedores de la tradición en lengua inglesa, en fin, Margo Glantz, Tomás Segovia, por mencionar algunos de nuestros excéntricos ejemplares.

Salvador Elizondo estudió en la Universidad de Ottawa, Canadá, en Peruggia, Italia, en Cambridge, Inglaterra y en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Estudió cine en el Institut des Hautes Etudes Cinematografiques, de París, formó parte del grupo conocido como Nuevo Cine e incursionó en el género con una película experimental titulada Apocalipsis 1900 (1965). Fue becario en dos ocasiones del Centro Mexicano de Escritores (1963-64 y 66-67) del que hoy es asesor, también es miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, y de El Colegio Nacional.

Es importante anotar, que a pesar de la amistad y la cercanía "generacional" que muchos escritores entrevistados aquí tienen con Elizondo, la mayoría no lo menciona cuando habla de "su generación", aún cuando lo emparenten a García Ponce, Melo o Inés Arredondo por la "truculencia" de sus temas. El mismo Elizondo reconoce que si de alguien está cerca es de Octavio Paz y en particular del Paz autor de El mono gramático, más por su intención y búsqueda en el horizonte mismo del lenguaje que por sus hallazgos formales. El mismo Elizondo puntualiza:

?¿Se considera parte de una generación de  escritores, es válida la idea de generación para explicar sus inquietudes?
?Históricamente sí. A mi me tocó surgir a la literatura cuando había menos que ahora. Nací en 1932 y hay varios escritores mexicanos, algunos de ellos amigos míos, que nacieron también en  esa fecha. Pero no hay movimientos literarios, no puede haberlos. Cada quien jala para su casa y es allí donde se puede hacer la cosa. El movimiento debe consistir en que estemos de acuerdo en que cada quien se tiene que ir a su casa a encerrarnos a hacer  nuestras cosas como se nos dé nuestra gana sin atender el afuera, como eran los simbolistas. Aunque hay quienes participan de la idea de que todos afuera juntos, otros, todos adentro, solos. No me considero parte de una generación porque no hay ningún otro  escritor que se asimile a mi forma de ser, ni tengo discípulos.

Con todo y que Farabeuf ha sido el centro de atención crítica, Elizondo no la reconoce como la más lograda de sus novelas y mucho menos una novela perfecta. Sin embargo no se atreve, por lo menos aquí, a apostar por alguna otra. Me atreveré yo y diré que la apuesta más lograda es El hipogeo secreto. Si bien la crítica de su momento la denostó, este libro, junto con los textos reunidos en El grafógrafo, constituyen la continuidad asombrosa de un paisaje mental, que si bien no logró disolver la convención novelesca, sí supo relativizar al límite "esa falacia suprema que es la realidad". "No me puede negar, dice, que ha leído novelas con una anécdota muy interesante con una pobreza extrema en la escritura, así como hay ejemplos de escritura extraordinaria que no dicen, que no cuentan nada".

Tal vez, como bien consigna Dermot F. Curley (En la isla desierta, una lectura de la obra de Salvador Elizondo, FCE, 1989), en la más acuciosa lectura que haya recibido hasta ahora la obra de Elizondo: "El hipogeo secreto representa una precipitación, un proyecto que posiblemente llegó a madurar en la mente pero que no logró su expresión propicia en la página". Sin embargo, esa "inmadurez" que reflejó la página a la que se refiere Curley y que el crítico no se atreve a llamar fracaso, es la virtud de ese libro ejemplar, por la delicadeza evidente de sus mecanismos más logrados, pero también por la imposibilidad de cumplir y desarrollar algunas de las obsesiones que asombraron en Farabeuf: por ejemplo, purificar la novela sin dejar de remitir a una historia por mínima que sea.

"No encuentro una manera mejor de entretenerme, apunta, que hacer la síntesis del mundo real y reducirlo a su condición abstracta, una condición que permita su manipulación mental, en la absoluta libertad. La escritura no es una continuidad de palabras una tras otra sino un sistema lógico y por lo tanto, articulado. Tanto y de tal manera que puede decirse que la teoría genera al hecho mismo que explica: un hecho puramente "teórico". Idea que se continua desde ese ejercicio autobiográfico y "frívolo" que emprendió en 1966 en su Autobiografía:

"El poeta, o es un hombre que se enfrenta a la eternidad momentáneamente, en cuyo caso vive o concreta, mediante el lenguaje, imágenes o sensaciones, o bien eterniza el instante viviendo las imágenes o las sensaciones en el lenguaje, un lenguaje que por ser el hecho mismo de la creación y la creación misma de su personalidad es el cumplimiento de una aspiración de máxima universalidad" o las palabras pronunciadas en su discurso de recepción del Premio Nacional de Literatura: "en el orden del espíritu los sueños de la juventud valen tanto como las obras de la madurez"

Gangoso y menudo, Elizondo, brilla por su humor e ingenio, por ese teatro de la "naturalidad" en la que se desenvuelven sus participaciones públicas en conferencias y como profesor universitario ("gran sostén económico del que quiero liberarme"), que le permiten las respuestas más inusitadas, declaraciones, que él mismo ha dicho, se le "ocurren" en el momento mismo en que la pregunta finaliza. Y es que lo suyo es una lucidez que convive sin conflicto con sus estudios (¿en apariencia?) eruditos y sus opiniones más acabadas., como se intenta mostrar en este periplo creador que va de Farabeuf a Elsinore.

"Personalidad y literatura tienen poco que ver entre sí y es en esa diferencia en donde nace la pregunta acerca de la identidad del autor y la obra; pregunta plagada de resonancias críticas, desventajosa para el único que puede hacérsela a sí mismo, pregunta por la que queda puesta en cuestión la relación, probablemente de abismo, que hay entre el escritor y su obra", estas líneas de Elizondo introducen a un conjunto de preguntas para las que Elizondo siempre tendrá una respuesta diferente.