Eco del silencio: 50 años de Palabras en reposo

por Armando Oviedo

Al conmemorar cincuenta años de Palabras en reposo (1956), poemario editado por el Fondo de Cultura Económica, se celebra también el universo poético de Alí Chumacero, que comprende además Páramo de sueños (1944, FCE) e Imágenes desterradas (1948, Stylo); partes de un mismo diamante; como dice Marco Antonio Campos en “Examen de Alí Chumacero”:

Se trata de una obra que podríamos compararla con un diamante; casi no es posible quebrarla, y si se hace, parece quebrarse toda ella. Su avara obra, reunida en tres pequeños libros, es un solo poema, y da, como pocas obras de nuestros poetas, visión de unidad: imagen de arco iris en un fondo de oscuridad.

La trayectoria literaria de Alí Chumacero (1918) es más amplia que su obra; pero estamos, ante todo, frente a un poeta. A sus casi noventa años el poeta de Nayarit es historia literaria viva. Desde la orilla de sus ojos ha mirado nacer la tempestad de creación de la literatura mexicana, esa que antecede a la otra tormenta, la de los versos.

Fundador, con Jorge González Durán, José Luis Martínez y Leopoldo Zea, de la revista Tierra Nueva, colaborador de El Hijo Pródigo, fundador del más importante suplemento como fue el México en la Cultura de Fernando Benítez, y ganador de los más importantes premios nacionales –como el Xavier Villaurrutia, el Alfonso Reyes y el Nacional de Literatura—, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, el poeta sigue siendo tan modesto e inquieto como en su juventud. Podríamos decir que es, junto a Ramón López Velarde, uno de nuestros escasos jóvenes abuelos.

Con todos los galardones, Chumacero es una institución en las letras mexicanas. No por su condición de renombrado personaje, que en sí mismo bastaría, sino por su incansable trabajo, pues lo mismo trabaja en la corrección editorial como de asesor educativo. Su silencio publicitario es inversamente proporcional al crecimiento de su obra que, detenida hace cincuenta años, ha crecido o se ha ahondado. Su silencio proverbial inquieta más a sus allegados que a él mismo, lo que tenía que decir está dicho y las tesis sobre este enigma, más que sobre su obra diamantina, comenzarán a circular alrededor de su obra fundamental y concreta.

Palabras en reposo (1956) es el último libro de poemas que publicará Alí Chumacero; dejará de publicar más no dejará de escribir. La obra de Chumacero es constante, sonante y con un eco que apaga su silencio editorial. El autor de Páramo de sueñosPoesía completa aparecida en 1980 en la colección Lecturas Mexicanas del FCE, se verá el error de apreciación en el que caen los ansiosos.  La obra poética no necesita de versos. La poesía es una cuestión de tiempo. comenzó muy temprano a ser, como Rulfo, un clásico vivo; un clásico al que se le atribuye una obra postergada y siempre en deuda. Si se relee la

El papel fundamental de Palabras en reposo es su relación con la poesía mexicana. Y es que Chumacero es un puente por el que transitamos de la orilla llamada Contemporáneos a ese terreno más amplio que ya no es precisamente un archipiélago de soledades sino un territorio de compañías, como lo es la poesía moderna donde sobresale Octavio Paz, pero sin olvidar a Efraín Huerta, Rubén Bonifaz Nuño, Rosario Castellanos, Jaime Sabines, Dolores Castro, entre otra voces de lírica plural.

El tercer libro de Chumacero es un ejemplo concreto de cómo desatarse o cómo aflojar las ataduras y proponer una estética en que lo clásico se combina con lo moderno. Si en sus dos libros anteriores podíamos ver y escuchar el tono de José Gorostiza y de Xavier Villaurrutia, en Palabras en reposo se escucha el reposo del guerrero, poemas donde la amada es una tentación constante más allá de la vida mundana.

El libro está formado por dos apartados, que constituyen la entrada y la salida de la materia poética: “Búsqueda precaria” y “Destierro apacible”. Trabajo y destino del poeta que anuncia su despedida (¿o su muerte literaria?) La primera parte busca los meandros del coloquialismo sin dejar de ser estricta en su forma –característica básica de la estructura de los poemas de Chumacero—, poemas bien medidos que recurren a las formas clásicas pero que se arriesgan en nombrar el nuevo orbe urbano; el poeta como el nuevo ciudadano del mundo que habla de la noche y sus excesos. Veremos deambular al amante solitario al que se le aparecen sus espectros femeninos; es el poeta desolado que busca a su mujer ideal insertada en otros cuerpos, en la bailarina, en una estatua, en una muerta, en un recuerdo de ojos y de labios. La búsqueda es por la mujer; el descenso al infierno es arriesgarse a andar por una ciudad de espejos; no el páramo de sueños sino el pálido clamor de la calle. El poeta enamorado sabe que no la encontrará, volverá por las mismas calles mirando mujeres de sal.

En la segunda parte, “Destierro apacible”, el poeta se resigna a vivir monologando en un rincón de la ciudad de los escándalos. En esta parte se construye un monumento al suicida, el que, como la niña de Guatemala, se murió de amor. Como cuerpo en pena, el amante-poeta, con su vida encomendada al silencio, se convirtió en un testigo del naufragio de dos que se quisieron.

El poeta hace tiempo que cumplió con su tarea y el silencio escribe su nombre, silencio que en este 2006 cumple cincuenta años; y lo seguimos escuchando:

Pasa el desconocido. Como el viento
de infamia los recuerdos sitian
su ávido esperar la aparición: relámpago
en la arena al naufragio parecido,
espuma a término llegada
bajo ira, rumor, bostezo, ociosidad.

“La losa del desconocido”