Musicalidad y silencio

—¿El tiempo, entonces, es lo fundamental?

—Para el cuento, por lo general, busco una unidad de tiempo, un instante. Eso me fascina y es, quizá, una influencia del cine. Una vez planteado el cuento, lo que me propongo es hacer una música narrativa. Toma con modestia estas palabras, porque yo no pienso que sea una especie de poeta musical cuando escribo mis cuentos. Ese interés fascinado por el instante me obliga a escribir sólo aquello que me interesa en ese momento. Creo que eso me ha frenado en el terreno de la novela. El ritmo que encuentro en la narración es de un aliento distinto al que exige la novela. Cuando me siento a escribir un cuento, me habita una especie de intuición y de ritmo. Es tan fuerte que se puede expresar, incluso, en un tarareo. Las primeras frases llegan como resultado de ese estímulo musical, que se asienta en la prosa. Quiero subrayar que no se trata de una escritura automática. Tampoco es la musicalidad de un verso. En cierta medida, todo esto se contrapone un poco al movimiento de la novela. La novela necesita más horizontalidad, más linealidad, porque tiene que ser un desarrollo largo. Creo que todo esto que te digo, se nota en mis cuentos, sobre todo en los de Ven, caballo gris, hasta en su título. Ven, caballo gris comienza en gerundio. Intencionalmente hice un uso incorrecto del gerundio para dilatar el tiempo de la narración. David Huerta me decía: Oye, es que ese cuento tuyo, “La cabalgata”, lo deberías de poner en verso y te queda un poema. Yo le respondo: creo que esa es la falla del cuento, se nota mucho el intento de imitar el verso.

—La musicalidad del verso reclama la voz del poeta, sucede lo mismo con la prosa, con el cuento, tan cargado de referencias a la oralidad? ¿Revisa sus cuentos en voz alta?

—Cada vez soporto menos las conferencias leídas, porque creo que el acto de expresión ya se dio en la escritura y al leer, se transforma en una repetición mecánica que me aburre mucho, me causa una opresión espantosa. No soy partidario de las lecturas, lo he hecho porque a veces te lo piden y es difícil zafarse. Si uno escribe un texto para leerlo pues mejor que se publique y se pueda leer en silencio. Me parece que la literatura en general ocurre entre el escritor y el lector. Es más, la literatura no es una cosa que está en el papel, está en una especie de espacio ideal entre el que escribe y el que lee, que además reescribe un poco las cosas. Cuando un autor lee su palabra escrita tengo una sensación de muerte muy extraña, es como reanimar a un cadáver.

—¿Con la palabra poética sucede lo mismo?

—Es distinto, porque la poesía supone que su origen es el canto y que es la voz misma del autor. La poesía es otra cosa porque juega con la musicalidad de las palabras, pero carajo entre leer un gran poema de Octavio Paz —perdón por lo de carajo has de cuenta que lo dije en francés— y oír a Octavio Paz, mejor lo leo. Y en general pasa así, el único que decía sus poemas de una manera incorrecta y genial al mismo tiempo y que los convertía en una especie de cante jondo, fue Pedro Garfías, porque tenía una voz garrasposa y estaba siempre como lleno de mocos y de resoplidos y cosas así. Tengo algunos discos con voces de autores, el de Alfonso Reyes por un interés documental y todo eso, pero en general es una experiencia horrible. Escuchar a otro leer sus cosas es una experiencia horrible para mí porque es como ver a un muerto galvanizado que le provocaran movimientos vivos con electricidad. El texto nunca es más muerto que cuando es leído en voz alta.

—¿Provocan de la misma manera una imagen auditiva que plástica o cinematográfica?

—Cuando te hablo de ritmo, no pienso solamente en el auditivo, el cine tiene un ritmo de imágenes. Por ejemplo el que ofrece la cámara lenta, efectos que he tratado de crear en la escritura, como “Caballo en el silencio”. Pero también utilizo el efecto de la cámara rápida como “El viaje de Sebastián” en Viajes narrados, que apenas transcurre en cinco páginas. El cine tuvo una gran influencia sobre mí, la influencia decisiva fue Faulkner, que lleva esas cosas al extremo y es un escritor del que ahora ya nadie se acuerda, como sucede con Thomas Wolf, que no se debe confundir con Tom Wolfe el del Nuevo Periodismo. También me influyó mucho El Quijote. Todos los recursos de la novela moderna ya están ahí, de eso se dio cuenta Sterne cuando escribió Tristam Shandy, bajo el modelo de El Quijote. Haber leído a los clásicos de mi lengua me ha servido y creo que le sirve a cualquiera. No creo que nadie pueda ser escritor en español sin haber leído El Quijote, y El Quijote te enseña técnicas. Otro libro fundador es La Cartuja de Parma, por otras razones.