Ven, caballo gris

— ¿Son caballos reales la fuente de esa imaginación?


—Ese cuento nació de estímulos muy diversos. Primero, mi fascinación casi no es por caballos reales sino por aquellos de los westerns. El primer estímulo visual fue una película que vi en el IFAL, El sueño de los caballos salvajes. Era una película profundamente inmoral porque para lograr algunas imágenes se les prendió fuego a las crines de los caballos. Esa película nos impresionó y nos indignó. Y más que esa imagen de los caballos en llamas lo que me impresionó fue el comienzo de la película, donde se ve la pata de un caballo golpeando en un charco y como un latido. Esa fue la primera imagen. Luego, cuando yo vivía en Isabela Católica casi esquina con José María Izazaga, había un solar en el que vivía un viejo velador que me impresionaba mucho. Una vez medio atisbé dentro de su cuartucho que tenía fotos de Villa porque al parecer él había estado en la División del Norte; tenía fotos de la época revolucionaria, pero recortadas de periódicos y de nalgonas desnudas del teatro frívolo. Me llamaba la atención porque ahí estaba siempre el viejo con su latita de café que calentaba en su hoguerita. Eso y la imagen del caballo se fueron fundiendo con mi obsesión por las adolescentes, y formaron el cuento. Cuando empecé a leer a San Juan de la Cruz, para mí el más alto poeta castellano, él termina misteriosamente su magnífico poema de “Noche oscura del alma”, con una frase totalmente enigmática “y la caballería a vista de las aguas descendía”, ahí termina el poema. Pero eso lo descubrí después de haber escrito el cuento, y me impresionó mucho la coincidencia de un caballo con las patas chapoteando en el agua. Hubo una coincidencia más, con la película Andrei Rublev (1966), de Tarkovsky, que al final muestra la imagen de unos caballos que bajan a beber agua mientras llueve. Es casi la misma imagen que ofrece San Juan de la Cruz, a quien no creo que Tarkovski haya conocido, aunque él también era cristiano y místico. Son ese tipo de rimas, no rimas poéticas, pero sí rimas de la realidad con las obsesiones de uno, lo que me interesa y lo que me lleva a escribir, cuando escribo.